Cuando nuestra percepción recupera su natural claridad y revivimos la inocencia dichosa que teníamos cuando niños, nuevamente experimentamos nuestra verdadera naturaleza: dicha, paz y silencio.

Al expandir nuestra experiencia interna, empezamos a percibir el Universo en su verdadera magnificencia, en lugar de ver todo a través de los conceptos, etiquetas y cajas que hemos adoptado a lo largo de nuestras vidas.

Comenzamos a relacionarnos y a responder a nuestro entorno desde el profundo silencio que estamos descubriendo dentro.

Esta conciencia irradia hacia todo, impregnando cada aspecto de nuestra experiencia humana. Vemos todo más inocentemente, sin compararlo con lo que ha sido antes.

En lugar de ver el nombre de las cosas, las vemos como realmente son. En lugar de ver lo que percibimos como “el océano”, vemos la inmensidad rugiente y avasalladora de su presencia.

Cuando comenzamos sentir esto por momentos, aunque el afuera siga teniendo su imán de atracción, y nos enganchemos en los pensamientos y emociones, comenzamos a sentir más y más bienestar en este espacio interior y nos invita a cultivarlo, y crece más y más. Pero a medida que nos anclamos más en la experiencia interna, resulta cada vez más difícil para las distracciones del intelecto sacarnos de nuestra experiencia interna de paz.

Esta experiencia nos lleva a sentir, que el mundo no es como lo habían visto siempre, y este descubrimiento es impresionante. A medida que tu vieja forma de ver la vida cambia, comienzas a liberarte de la enmarañada red del intelecto. Te encuentras cortando sin esfuerzo la rama de tus miedos pasados y de tus dudas sobre el futuro.

Y te comparto una historia que claramente te transmite este aprendizaje.

Había una vez un rey que amaba a su pueblo y acostumbraba disfrazarse como un mendigo para poder observar las vidas de sus súbditos sin ser reconocido.

Un día notó a un joven sentado junto a la fuente de una plaza, con la mirada perdida en la distancia en serena contemplación. Se acercó al joven y le preguntó qué hacía. Volviendo su mirada hacia el rey disfrazado, le respondió, con los ojos tan llenos de amor que el rey se sintió sobrecogido: “Estoy observando mi reino”. Aunque esta respuesta normalmente habría sido una gran ofensa para el monarca –después de todo, era su reino, no el del chico–, él se sintió tan conmovido por la profunda presencia del joven que no supo cómo responder. Dio vuelta y regresó apresurado al castillo en total desconcierto.

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