Siempre me he preguntado: si yo no me quiero, ni me aprecio, ni veo nada bueno conmigo ¿cómo puedo querer o apreciar a otros?  Aprendí, como todos, que teníamos que amar al prójimo como a nosotros mismos, y a pesar de mis esfuerzos, nunca lo lograba. Y descubrí que, en la base de todas mis  adicciones, sufrimientos y dramas, estaba eso: que yo no sabía quererme ni apreciarme ni un poco siquiera.

Y cuando digo que esta falta de amor a uno mismo es la base de las adicciones, es que está en el fondo de todos los hábitos auto-destructivos, de las depresiones y las demás formas de demostrarnos que hay algo, con nosotros mismos, que está mal.

Hemos aprendido muchas cosas en la vida: aprendimos a realizar tareas, a representar roles, a cumplir las expectativas que la sociedad tiene sobre nosotros, a ejercer una profesión o un oficio, a competir en el mundo, aprendimos las reglas del juego.  Pero estas reglas van cambiando, y nosotros tratamos de seguirlas, aunque  quedemos exhaustos en el intento.  Lo que la mayoría de nosotros nunca aprendió es a quererse, a apreciarse, a ser incondicional con uno mismo frente a toda situación.

Siempre esperamos que el amor  y la incondicionalidad vengan de afuera: de la familia, de la pareja, de los amigos, de los mentores, de la iglesia, de instituciones caritativas, etc. Pero, ¿y nosotros? Muchas veces somos nuestro peor enemigo.

Es muy importante que aprendamos  a querernos primero. Luego podremos amar a los demás en forma incondicional. Pero muy  a menudo nos perdemos en querer a los otros: en demostrar cuánto queremos dando tanto, que nos abandonamos en el camino, pues en realidad lo estamos haciendo desde un lugar de querer recibir algo a cambio. Es decir, no es incondicional.

Entonces, tenemos que encontrar un balance entre lo que hacemos y lo que  sentimos. Yo sé que a muchos nos enseñaron que quererse a uno mismo es ser egoísta, pero eso no es más que una idea, una creencia que nos aleja de nuestro centro interno, que nos impide decirnos “sí”, y  nos lleva a sentir que valemos tan poco que nos tiene mendigando un poquito de cariño, o nos lleva a anestesiarnos con tanta sustancia para no sentir.