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Desarmando las guerras desde el corazón del hogar

By 21 julio, 2015Artículos

Una y otra vez me preguntan cómo acabar con las guerras, cómo terminar con el terrorismo, cómo encontrar la paz. Hay siempre un salto entre la búsqueda de venganza, el resentimiento, el querer tener la razón, y la violencia aplicada a algo externo para demostrarlo. Pero ¿qué sucede en el propio corazón del hogar, en la mesa familiar? Nos lastimamos los unos a los otros para tener razón, nos identificamos con nuestras diferencias y apegamos a nuestras propias ideas o formas, como si fuera cuestión de vida o muerte.

En escala mayor, armamos batallas aún a ciegas y luchamos sin encontrar el resultado buscado en las oficinas que mantienen el poder de decisión, e ignoramos los valores, los anhelos superiores para uno mismo, o para la familia, o para el planeta y la sociedad. Pero cuál es el factor común entre lo hogareño y una decisión de estado, cuando queremos venganza, el sentirnos de víctimas en algo, gritamos y amenazamos, porque sentimos que nos han quitado algo, o que algo fue injusto, o lo que sea. El motivo en realidad no importa, pues solo fue el encendido que arrancó el motor de la venganza, de la destrucción, de la revancha y canalización de nuestra propia violencia.

¿Qué sucedería si nos hiciéramos  responsables, personal e individualmente, de la carga que sentimos respecto de las cosas, de los eventos, de lo sucedido? ¿Se dieron cuenta que aunque nos venguemos, o incluso aunque vayamos a la guerra o a un combate personal para vengarnos, el resultado nunca nos hace sentir mejor?  Te vengas de alguien por algo, ¿y cómo te sentís después? Igual, porque en realidad, el resentimiento es algo interno, y lo que hay que hacer es liberarlo. No es algo que tenga que cambiar externamente, sino que el cambio que hay que hacer es dentro de ti.

E individualmente podemos hacer esto, podemos comenzar a expresar los sentimientos. Y no es necesario vengarse, ya que todos, en algún momento, vamos a poder ver aquellos comportamientos que pueden ser destructivos o que afectan a otros, todos vamos a llegar a vernos en algún momento, y a aprender.  Pero tu foco, si es que estás leyendo esto,  puede virar hacia el dejar ir, hacia el soltar y dejar que el amor actúe en ese espacio de dolor o tristeza que sientes hoy.

Los actos de terrorismo no son más que esto en una escala un poco mayor, y las guerras, mayores aún.  Son los fanatismos que se identifican con las ideas y con el tener que defenderlas, porque si no, no se sienten valoradas, ni reconocidas, ni validadas.  Pero si aprendiéramos a que la única valoración, la única validación y reconocimiento importante es el propio, ¿qué sucedería?  Que ese enorme SI a nosotros mismos, esa sensación de paz y dicha con nosotros, amándonos incondicionalmente y siendo el más alto ideal, se transformaría en algo contagioso que encendería las mismas luces en cada uno.  Y si no es necesario ni demostrar, ni vengarse, ni atacar, ni defender, ¿qué sucedería? La paz se expandiría.  Y esto, así de simple, te propongo que lo descubras, lo cultives y lo compartas, gozando de los regalos que indudablemente te traerá, sutiles y silenciosos, irradiando mucha paz.

Había una vez un rey que anunció una gran competencia: pintar la imagen perfecta de la paz. El ganador se adjudicaría un título de prestigio, así como tierras y riquezas inimaginables. ¡Todos en el reino comenzaron a pintar! Incluso gente que nunca había pintado, con la esperanza de ganar el premio. Después de muchos meses de reflexión, el rey cerró la selección a dos pinturas, que se mostraron a todos en palacio.

La primera fue la pintura de un prístino lago que se extendía con serenidad a través de la tela, su extensa superficie reflejaba los nevados del fondo con perfecta claridad. Todos los que miraban la pintura la encontraban impresionante, y no cabía duda de que tenía que ser la ganadora.

La segunda pintura era bastante confusa. Representaba el mismo lago en el momento de una gran tormenta, el viento golpeando a través de los árboles, mostrando la superficie del lago picado, arremolinándose… un caos. ¿Dónde estaba la paz en esta pintura? Todos estuvieron de acuerdo, la primera era la pintura perfecta. ¿Cómo podría competir ésta con la otra? “Mira un poco más de cerca”, dijo el rey, en respuesta a estas preguntas. “Al final de la rama de ese árbol, hay un pajarito. Él está sentado ahí, en perfecta paz”.

Cuando podemos encontrar paz en la tormenta de la vida, entonces hemos encontrado la paz verdadera.

Vamos a adoptar los cambios de nuestro mundo desde un lugar positivo. Estamos entrando en una nueva etapa, un mundo de crecientes valores y esperanzas. Si nos aferramos a lo de antes, vamos a sufrir. Lo viejo debe morir para dar paso a lo nuevo, es la naturaleza de la evolución.

Artículo publicado en mujeractual.cl , Chile, enero 2012

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