Todos hemos aprendido desde muy temprana edad, que el amor proviene de lo externo. Y claro, de niños mamá y papá son la luz de nuestros ojos, pero cuando crecemos, esa tendencia a esperar el amor, el cuidado y la atención del afuera sigue estando y también el sentido de buscar la aprobación externa.

Creemos que necesitamos ese reconocimiento y sentimos que la medida de lo que somos, de lo que valemos, va de acuerdo a cuánto nos reconocen.

Siempre nos estamos modificando, amoldando externamente para obtener eso, y ¿qué sucede finalmente? Que perdemos la conexión con nuestra esencia, nos desconectamos de nosotros mismos, perdemos contacto con ese lugar interno que teníamos de niños, desde donde actuábamos seguros, dichosos, espontáneos, en el momento presente, en paz completa, siendo.

Ese lugar no se ha ido, sigue allí esperando que volvamos a casa. Anhelamos su presencia, la damos por perdida, pero está allí. Tratamos de llenar de mil maneras ese espacio que percibimos vacío, pero que simple e inocente sigue estando allí. Sólo necesitamos recordar como conectarnos nuevamente.