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Había una vez un niño de diez años

By 14 julio, 2016Blog, Relaciones

Había una vez un niño de diez años de edad que perdió su brazo izquierdo a una edad temprana. Se paraba en frente del dojo de judo de su barrio, mirando con tristeza cómo los otros chicos entrenaban. Un día, el sensei se reunió con él afuera.
–¿Te gustaría aprender judo? –le preguntó.
–Me encantaría, pero no puedo –respondió el muchacho, señalando el brazo que le faltaba.
El sensei lo miró y le dijo: –Te puedo enseñar judo.

Comenzaron las clases de inmediato. En la primera de ellas, el sensei enseñó al niño un simple movimiento y le pidió que lo repitiera una y otra vez hasta la perfección. Después de tres meses, el maestro se había negado a enseñarle otro movimiento, insistiendo en que practicara incansablemente el mismo que había aprendido en su primera clase.

–¿No podemos intentar algo nuevo? –preguntó el muchacho–.¡Hay movimientos muy diferentes en el judo y sólo he aprendido uno!.

Pero el maestro se mantuvo firme e insistió en que continuara practicando el mismo movimiento. El muchacho, sin entender pero confiando en su maestro, continuó su entrenamiento. Varios meses después, el sensei lo llevó a su primer torneo. Para su sorpresa, con su solo movimiento ganó sus dos primeras peleas con facilidad. El tercero fue un poco más difícil, pero después de un tiempo y dado que su oponente perdió la paciencia y lo atacó, el muchacho utilizó su única maniobra para ganar el encuentro. Miró incrédulamente a su profesor, asombrado de encontrarse en la ronda final.

Su rival en la final era mucho más grande y más fuerte. Él estaba seguro de que no podía ganar, pero su maestro lo miró con confianza, así que, encogiéndose de hombros, entró en la pelea. Nunca se había imaginado que podría llegar tan lejos, ¿qué podía perder?

La lucha fue larga e intensa, su oponente no mostraba signos de cansancio. Sin embargo, el muchacho continuaba, esperando que bajara la guardia para poder hacer su movimiento. Finalmente lo hizo, por un momento, y con eso fue suficiente:hizo caer a su contrincante y ganó el torneo. ¡Él era el campeón!

El niño corrió hacia su maestro sin poder creerlo.
–Sensei, ¿cómo es posible que haya ganado el torneo si sólo sé un movimiento?
–Simple –respondió el sensei–. Tú has dominado uno de los movimientos de judo más difíciles. La única defensa conocida para ese movimiento es que tu oponente te tome del brazo izquierdo.

¿Puede un hombre negro ser presidente de los Estados Unidos? ¿Puede un hombre vencer el cáncer y ganar el Tour de Francia? ¿Puede un asceta no violento liberar a una nación de un reino imperial? ¿Puede un hombre con parálisis severa inspirar a los científicos más que nadie después de Einstein? ¿Puede un hombre sordo escribir un concierto? Por supuesto que puede. ¿Por qué entonces tú no puedes vencer las limitaciones autoimpuestas?

Estamos rodeados de personas que han ido más allá de la mediocridad, a pesar de que tenían razones muy válidas para no hacerlo. Cuando tenemos la pasión en nuestros corazones, cuando estamos dispuestos a cuestionar aquello a lo que estamos acostumbrados y empujar mediante nuestros miedos, nada es imposible: todo parece posible y nuestros sueños comienzan a convertirse en realidad. Cuando creamos nuestros sueños, somos ilimitados.

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