¿Alguna vez has estado discutiendo con un amigo, pariente o pareja, para de pronto darte cuenta de que ni te acuerdas por qué razón empezaron a pelear?

A menudo nuestras discusiones surgen no de una diferencia de opinión fundamental, sino simplemente de nuestra necesidad de sentirnos validados o importantes al conseguir que el otro acepte nuestro punto de vista. Esta necesidad de tener la razón, es sumamente perjudicial: nos lleva a pelear con aquellos que más amamos, y en el lugar de trabajo, también puede ser altamente dañina para la moral del equipo y el sentido de colaboración. Si alguna vez tuviste un jefe que no fuese capaz de escuchar un buen consejo, simplemente porque vino de un subordinado, entonces sabes cómo esa actitud contribuye a un ambiente de trabajo desmotivado y carente de inspiración. La necesidad de tener la razón es quizás más aparente en la política moderna que en cualquier otro ámbito, pues la defensa rígida de las posiciones de los partidos, a menudo conduce a los políticos a odiar a sus oponentes, lo cual no fomenta en absoluto el manejo cohesivo y armonioso de un país.

Los adolescentes a menudo adoptan esa actitud como una manera de rebelarse contra la autoridad de sus padres. Sin importar qué recomendación les den, ni cuán práctica o útil pueda llegar a ser para ellos, suelen rechazarla automáticamente. Este comportamiento es una manera de explorar nuestro propio poder e individualidad, pero si nos impide recibir la sabiduría que nuestro mundo tiene para ofrecernos, entonces no es muy productivo.

Para poder superar la necesidad de tener la razón, cuestiona tus ideas.

No estoy sugiriendo que todas tus ideas estén “equivocadas”, sino simplemente que la incuestionable convicción de que sean correctas no es una manera saludable de relacionarte con tu mundo. Genera fanatismo, facciones y una actitud engreída y despectiva.

Cuestiona tus ideas con la claridad de que si algo es una verdad universal, resistirá la prueba de tus cuestionamientos. Solamente aquello que es falso, basado en prejuicios y opiniones adoptadas de otros, se derrumbará. Y si es falso y tú en realidad eres un buscador de la verdad, la honestidad y la justicia, entonces estarás dispuesto a cambiar tu percepción de las cosas sin importar cuan intensamente hayas luchado para defenderlas en tu pasado. Es por eso que Mahatma Gandhi, al cancelar una marcha que había convocado a miles de manifestantes pacíficos, muchos de los cuales habían viajado grandes distancias, respondió a su desilusión diciendo “estoy casado con la verdad, no con la consistencia.” El buscador de la verdad no teme admitir que su percepción previa estaba equivocada, al contrario, lo hace con gusto, ya que al reconocerla como limitada, sabe que encontrar errores en su punto de vista es una señal de progreso.

¿Y tú, estás dispuesto a reconocer que tal vez, quizás, a lo mejor, puedas estar equivocado? Haz la prueba. Te sorprenderás del resultado.

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Has dicho alguna vez: "Sí, me equivoqué"
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Has dicho alguna vez: "Sí, me equivoqué"
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¿Alguna vez has estado discutiendo con un amigo, pariente o pareja, para de pronto darte cuenta de que ni te acuerdas.
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Isha
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