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Sintiendo las emociones abrazamos nuestra humanidad

By 15 julio, 2015Artículos

Somos humanos, y una de las características que más nos identifican como humanos son las emociones.

Sin embargo, tenemos tantos juicios respecto al sentir, que es sorprendente, como si tuviéramos juicios por tener la sangre roja. Es nuestra naturaleza más esencial. En realidad como no sabemos qué hacer con lo que sentimos o con las emociones, las ignoramos y reprimimos y luego nos sorprenden apareciendo por otro lado: una ruptura en las relaciones, reacciones descontroladas sin justificativo o incluso, hasta llegamos a enfermarnos. Todo lo que se nos presenta en la vida, es para ser tocados por ello, para sentir. ¿Qué eliges tu hacer? Si eliges sentir las emociones a medida que surgen, sanarás la separación contigo mismo y con los otros de una manera más fluida y natural, y así tu actuar no seguirá separado de tu necesidad ni de tu universo.

En primer lugar, es muy importante abrazar completamente nuestra experiencia humana y ser conscientes de nosotros mismos. Suprimimos nuestras emociones con tanta fuerza que nos desconectamos totalmente, de modo que toda la tristeza y la rabia son reprimidas dentro de nuestros cuerpos – dentro de nuestro sistema nervioso – y todo eso se pudre y se transforma en enfermedad. Como resultado, vivimos en nuestras cabezas, corriendo de un lado para el otro, buscando distracciones y no estando nunca presentes con nosotros mismos.

Les voy a dar un ejemplo: Cuando estoy en Santiago de Chile, voy a correr todos los días a la orilla del Canal. Siempre me fascino con dos de los trabajadores que arreglan los jardines que lo bordean. ¡La diferencia entre estas dos personas es tan fuerte!

Es una imagen perfecta de la dualidad. Una es una señora mayor. Es una expresión pura de gracia. Tiene un rostro y una postura aristocrática. En realidad la primera pregunta que te viene a la mente es: “¿Por qué está trabajando aquí?” Parece tan fuera de lugar. Pero pronto te das cuenta que ella pertenece a todas partes. Tiene una serenidad, una paz interna que irradia a través de los jardines como la luz del sol. Es tan amorosa con su trabajo, es como si acariciara las hojas a medida que las barre. Cuando paso a su lado, es como una brisa. Me sonríe, pero nunca se deja perturbar de su momento o distraer de su tarea. Con los años llegamos a conocernos, se llama Rosa, e incluso ha venido a mis seminarios.

Como contraste extremo, el otro jardinero es un hombre, mayor también, a quien el dolor le ha marcado a tal punto que le es imposible estar presente consigo mismo en ningún momento. Camina apresuradamente con su bolsa de hojas en la mano, recogiéndolas nerviosamente y cuando me ve, frenéticamente me hace la misma pregunta, cada día. Me mira con desesperación, como si un ángel hubiera caído del cielo con todas las respuestas: “Señora, señora, ¿qué hora es?”, dice. Siempre le respondo, pero nunca escucha. El no quiere la respuesta; solo quiere estar en cualquier otra parte, menos consigo mismo, persiguiendo el tiempo, persiguiendo las respuestas, evitando ser, a tal punto que se ha vuelto loco.

Si no podemos estar con nosotros mismos en todo momento y encontrar el amor y la plenitud, también estamos locos. Como esperamos estar compartiendo con otros, lograr una intimidad en paz con otro, llámese pareja, llámense hijos, amigos sino estamos con nosotros mismos. Tal vez es esta dificultad la que nos lleva a estar más con la TV o internet que con otros compartiendo lo cercano, lo afectivo, lo emocionalmente natural. Es un espacio para recuperar, para poder experimentar en plenitud pero comienza realmente por estar con uno mismo, cómodo y placenteramente, sintiéndose a gusto porque sí.  Sin tener que adquirir algo, ni comer algo, ni fumar algo, ni beber algo, sino poder cerrar los ojos, ir con tu atención hacia dentro, allí en el centro de tu pecho, allí donde late el corazón. Eso es un buen comienzo a experimentar.

Por mi educación y por el entorno de mi profesión pasada, yo tampoco era abiertamente emocional. Incluso si sentía algo me retiraba de donde estaba para guardar la privacidad y controlarme. Juzgamos el mostrarnos emocionales como un signo de debilidad, pero no es así. Te invito a experimentarlo, dándote el permiso de ser espontáneo, sintiendo y decidiendo desde ese lugar. Lo que notarás es que cuando suprimes tu sentir, tu mente quedará muy confusa. Cuando expreses y dejas fluir tus sentimientos, tendrás una noción clara y te pones en acción sin presencia de duda… estás alineado.

Abraza tu humanidad. Escucha a tu corazón. Y disfruta el resultado en plenitud y paz.

Artículo publicado en mujeractual.cl en Chile, noviembre 2011

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